jueves, 26 de enero de 2017

DANIELA ASTOR Y LA CAJA NEGRA

Título: Daniela Astor y la caja negra
Título original: Daniela Astor y la caja negra
Autora: Marta Sanz
Editorial: Anagrama
Número de páginas: 272

Susana Estrada enseña un pecho mientras Enrique Tierno Galván le entrega el galardón concedido por un periódico. Amparo Muñoz es coronada Miss Universo y María José Cantudo protagoniza el primer desnudo integral del cine español en "La Trastienda" de Jordi Grau. Marisol aparece desnuda en la portada de Interviú y Bárbara Rey presenta un programa de variedades sentada en un sillón de mimbre a lo Emmanuelle. La jovencísima Sandra Mozarowsky muere al caer desde el balcón de sus casa. Los rumores y especulaciones llegan hasta los blogs de la actualidad. Es la época del fantaterror, la tercera vía y el destape. El desnudo femenino se intelectualiza a la vez que se va consolidando como bien de consumo. Mientras suceden estas cosas, Catalina come miga de pan para que le crezcan las tetas, lee a hurtadillas revistas del corazón, tiene un amor secreto y se encierra en su cuarto para jugar con Angélica, su mejor amiga. Allí dejan de ser ellas para convertirse en Daniela Astor y Gloria Adriano, trasuntos de esas actrices que empiezan a crear un estereotipo que no se corresponde con el de la madre de Cati, Sonia Griñán, que trabaja como enfermera de un odontólogo y que tiene muchas ganas de aprender; ni con el de la madre de Angélica, Inés Marco, profesora de sociología en la universidad. Las niñas viven en un mundo paralelo hasta que la realidad da un giro imprevisto y tanto Angélica como Catalina han de mirar de frente las cosas que pasan. Recolocar el mundo. Decidir quiénes son y qué significa ser una mujer admirable.


Marta Sanz es probablemente una de las voces literarias más genuinas del panorama español, consiguiendo hacerse un hueco prominente en nuestro universo literario patrio. Y siendo mujer, en el mundo en el que desgraciadamente todavía vivimos, tiene un mérito aún mayor. Pero según la humilde opinión de quien escribe, lo tiene más que merecido: quien entra en su particular dimensión se queda para siempre. La descubrí gracias a una recomendación amiga, que me instó a leer Lección de anatomía, la novela que la catapultó definitivamente a lo más alto, y quedé maravillado por su prosa, su fuerza y al mismo tiempo su sencillez.

Estas tres características las encontramos también en Daniela Astor y la caja negra, la historia de cómo una mujer tiene que intentar renacer de sus cenizas en el tardofranquismo después de tocar suelo; una protagonista indirecta en la narración, pues es a través de los ojos de su hija como conocemos la historia, esos años difíciles que Catalina -la narradora- nos expone con una naturalidad y visceralidad que erizan los vellos de la nuca. Esa aparente sencillez, como surgida de las entrañas de Sanz y que siempre hace dudar acerca del carácter autobiográfico o no de sus narraciones, consigue anclar al lector con facilidad a la trama. Éste la hace suya al momento y comparte los devenires de ambas mujeres -madre e hija- como si los sufriera en su propia carne.

La tensión reflejada en el momento clave de la novela, en un clímax de varias páginas, constituye una traslación perfecta al papel de lo que suponía hace tres décadas realizar según qué actos, aunque fueran íntimos y personales: las habladurías, los rechazos dentro de la propia familia, el peligro legal... Catalina comprende con el tiempo la valentía de su madre al no ceder a la presión pese a las consecuencias y ser siempre dueña de su propia libertad.

Al mismo tiempo asistimos al despertar sexual de Catalina. A través de su álter ego Daniela Astor, un personaje que crea para jugar con su amiga Angélica, empezará a jugar con su propio cuerpo y a ser consciente de extrañas sensaciones húmedas en su interior, de deseos perturbadores pero excitantes al mismo tiempo y de una fuente de placer que desconocía por completo. En plena efervescencia hormonal Catalina deambulará en las relaciones con su madre y consigo misma. Es en los pasajes de auto descubrimiento de Catalina donde encontraremos a la Marta Sanz más visceral, más sutil e insinuante que desboca su estilo narrativo más poderoso: ese que parece surgir de las propias entrañas sin más filtro que el de una ortografía y sintaxis adecuada. Del pensamiento al papel. Ese constante juego con la ficción y la plausible realidad convive con el propio juego de Catalina, que a medida que pasa el tiempo gana en seriedad y la hace madurar poco a poco; Sanz hace madurar al mismo tiempo la novela, más en su propia estructura que en su naturaleza, pues al terminar no se aclara si aquellas narraciones son reales o no. ¿Autobiografía o auto ficción? Un debate que está muy de moda en la actualidad y que en realidad es banal cuando se leen obras tan redondas como Daniela Astor y la caja negra.

Como curiosidad, a lo largo de toda la novela encontramos capítulos intercalados en los que se desmenuza con precisión un documental falso que habla de la época del destape, de la televisión que se vio durante la Transición y sus posteriores años, películas que ya nadie recuerda, historias truculentas que de nuevo juegan con la realidad o la ficción -pues aparecen personajes reales-; toda una amalgama de curiosidades que son en realidad muchos ejemplos de otras mujeres que quisieron romper las barreras de la sumisión a la que la sociedad las obligaba, y que no dejan de ser compañeras de viaje de la madre de Catalina en su batalla por ganarse unos derechos y un respeto que se les había negado desde que habían nacido.

Daniela Astor y la caja negra son, en definitiva, unas memorias ficticias escritas a modo de diálogo interior, en la que la Catalina adulta conversa -sólo de ida- con su propio yo de la infancia; un ejercicio de recuerdo puro que nos plantea qué tanto por ciento de nuestra etapa infantil y pre-adolescente terminamos conservando al hacernos mayores, si el tiempo ha borrado su huella o sólo ha moldeado esa infancia para adaptarla a la madurez. Porque la historia no deja de defender de manera intrínseca en su estructura, que todos los adultos llevamos un niño o niña dentro; somos nosotros mismos y en función de cómo nos llevamos con él o ella marcamos la pauta de nuestra propia aceptación como personas adultas.

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